Hay algo profundamente irónico y casi poético en lo que está pasando. Durante décadas, cada vez que una revolución tecnológica amenazaba con destruir empleos, el sector tecnológico y las grandes consultoras eran los grandes beneficiados. Mientras la automatización vaciaba fábricas y digitalizaba industrias enteras, ellos crecían. Eran los arquitectos del cambio, no sus víctimas.
Esta vez es diferente.
En 2018, el antropólogo David Graeber publicó Trabajos de mierda (Bullshit Jobs). Libro que aprovecho para recomendar. Su tesis era incómoda, honesta y muy provocadora: una parte enorme de los empleos del sector servicios, financiero, tecnológico y consultor no produce ningún valor real. Son trabajos que existen para mantener apariencias, gestionar la apariencia de complejidad o simplemente porque alguien, en algún momento, necesitaba justificar un presupuesto.
Graeber los clasificaba con una taxonomía casi satírica: los lacayos (que existen para hacer sentir importante a alguien), los intermediarios (que gestionan fricciones artificiales entre partes que podrían hablar directamente), los rellenadores de formularios (que procesan información sin transformarla), los supervisores de supervisores...
Su pregunta central era perturbadora: ¿por qué la tecnología, en lugar de liberarnos del trabajo inútil, había generado más de él?
La respuesta que daba era política y cultural. Las élites, conscientemente o no, habían preferido mantener ocupada a la clase media en tareas sin sentido antes que enfrentarse a la pregunta de qué haríamos con el tiempo libre si las máquinas hicieran el trabajo tedioso.
La IA no ha leído a Graeber. Pero actúa como si lo hubiera hecho.
Las empresas tecnológicas ya no recortan únicamente para reducir costos. Lo hacen para rediseñar sus estructuras completas alrededor de sistemas automatizados e inteligencia artificial. Los analistas lo llaman una "recalibración estructural" del sector.
Y el resultado es que los primeros puestos en desaparecer son, exactamente, los que Graeber habría señalado con el dedo: desarrolladores junior, analistas funcionales y especialistas en testing, cuyas tareas son las primeras que absorben los asistentes de código. Los que procesaban tickets. Los que generaban informes que nadie leía del todo. Los que traducían lo que dijo el cliente a lo que entendía el desarrollador, y viceversa.
No es una acusación. Es una observación. Muchos de esos profesionales sabían perfectamente que su trabajo era, en gran parte, fricción institucionalizada. Nadie se lo había preguntado en voz alta. La IA lo ha preguntado y respondido sin pedir permiso.
La paradoja que Graeber no llegó a ver del todo
Los sectores que se habían convertido en el refugio natural de los bullshit jobs —consultoría, servicios digitales, gestión del conocimiento— son precisamente los más expuestos ahora.
La inteligencia artificial está erosionando el valor diferencial de firmas como Accenture, Deloitte, PwC, KPMG o McKinsey, que durante años vendieron conocimiento empaquetado, análisis intensivo y ejércitos de jóvenes analistas como sustituto eficiente de departamentos internos.
El modelo de negocio de las grandes consultoras era, visto con los ojos de Graeber, casi una obra maestra del bullshit institucionalizado: cobrar a precio de oro por empaquetar sentido común con PowerPoints bien maquetados, por dar cobertura política a decisiones ya tomadas, por interponer capas de intermediación entre el problema y la solución.
El mecanismo de sentido que se destruye
Graeber sostenía que los bullshit jobs no eran un accidente del capitalismo, sino una consecuencia de él: el sistema necesita que la gente trabaje, que se sienta útil, que justifique su lugar en la estructura. El trabajo da identidad, disciplina y legitimidad social, independientemente de si produce algo valioso.
Si eso es cierto, la IA no está solo destruyendo empleos. Está destruyendo el mecanismo de sentido que esos empleos proporcionaban a millones de personas de clase media formada.
Y eso es un problema de una escala completamente diferente al de cualquier revolución industrial anterior. No estamos hablando de reconvertir mineros en técnicos de mantenimiento. Estamos hablando de qué le dices a alguien con un máster, diez años de experiencia en consultoría y un LinkedIn impecable, cuando el sistema ya no necesita lo que él creía que era su valor diferencial.
Amazon cerró 2025 con ingresos récord. A mayor ingreso, más músculo para financiar IA y menos tolerancia a estructuras de coste ineficientes. No es una crisis de negocio. Es una crisis de relevancia.
¿Qué queda entonces?
Quizás Graeber tenía razón en el diagnóstico pero se equivocó en el pronóstico. Pensaba que la solución era política: redistribuir el trabajo, reducir la jornada, aceptar colectivamente que no todo el tiempo humano necesita ser productivo.
La IA ha llegado antes que esa conversación política. Y la está forzando de una manera mucho más brutal y mucho menos democrática de lo que él habría querido.
Lo que sí queda claro es esto: el trabajo que sobrevive no será el que se puede describir en un manual de procesos. Será el que requiere juicio real, contexto irreproducible, relaciones humanas genuinas y la capacidad de hacer preguntas que ningún modelo ha aprendido todavía a formular.
Todo lo demás ya tiene fecha de caducidad.
¿Estamos ante la validación más inesperada de Graeber, o ante el inicio de algo para lo que ni él ni nosotros tenemos todavía el lenguaje adecuado?.