Las recientes decisiones judiciales en EE. UU., en las que gigantes como Meta y Google se enfrentan al banquillo acusados de diseñar redes sociales adictivas para los menores, nos han hecho llevarnos las manos a la cabeza. Miramos a Silicon Valley y exigimos responsabilidades.

Pero en el día a día ocurre algo paradójico: sabiendo lo que sabemos de sus algoritmos, muchos padres acaban entregando ese primer smartphone a edades cada vez más tempranas.

¿Por qué claudicamos tan pronto ante algo que consideramos nocivo?

Para entenderlo, no hace falta mirar a la tecnología. Basta con mirar lo que ocurre en una simple cena de empresa.

El "bebedor social" y el coste del rechazo

En España, decir "no bebo" en una celebración sigue siendo, todavía hoy, una declaración incómoda. No es una obligación explícita, pero la presión silenciosa del grupo está ahí. Quien decide no participar, muchas veces tiene que justificarse. Es lo que conocemos con el concepto de "bebedor social".

Estamos viendo exactamente el mismo patrón con el acceso de los menores a los dispositivos.

ESTUDES (2023) Más del 75% de los adolescentes consume alcohol en contextos sociales como norma colectiva.
UNICEF El 90% de los adolescentes en España tiene un smartphone antes de los 15 años.

Los datos retratan una adaptación ciega al entorno. En este caso podríamos denominar a este comportamiento como el espejismo de la decisión libre.

"Bebo una cerveza porque es lo normal y no quiero desentonar." / "Le compro el móvil porque todos sus amigos ya lo tienen."

Como demostró el psicólogo Solomon Asch, las personas tendemos a ajustarnos al grupo incluso sabiendo que no es la mejor opción. Para un padre, el terror a que su hijo sufra exclusión social —quedarse fuera de los grupos de WhatsApp— pesa mucho más que el riesgo de las pantallas.

Las consecuencias ya no son una hipótesis

Las consecuencias del exceso de redes ya están documentadas. Desde tribunales dictando sentencias hasta investigaciones de The Lancet Child & Adolescent Health, todo apunta en la misma dirección: mayor ansiedad, problemas de sueño, riesgo de depresión y baja autoestima, dificultades en la atención y el aprendizaje, problemas en las relaciones sociales, riesgo de adicción conductual y exposición a contenidos inapropiados.

¿No crees que es para preocuparse?

Las apps se diseñan en base a un sistema denominado «ludic loops» que persigue el uso intensivo, la captura de la atención y la adicción. El mismo mecanismo que utilizan las máquinas de los salones de juego.

Y sin embargo, seguimos cediendo por miedo a la exclusión. Es el mismo dilema del adulto que pide una copa en una reunión con amigos solo para encajar.

Imagina que tu hijo o hija te dijera: "dame dinero que me voy al salón de juego que todos mis amigos van." Empezamos a tener evidencias de que las consecuencias de la adicción al juego y a la tecnología no son muy distintas, al menos a nivel psicológico.

Cambiar la norma exige compromiso como comunidad

La reflexión no debería quedarse en castigar a Meta o en culpar a Google. Estas plataformas existen porque nosotros alimentamos su uso.

Retrasar el acceso al móvil es una misión titánica si eres el único intentándolo. La verdadera innovación social no es la prohibición, sino la coordinación. Por eso, las iniciativas de grupos de familias que acuerdan conjuntamente retrasar la entrega del primer smartphone son tan importantes: cuando cambia el grupo, cambia la norma.

Si estamos con nuestros hijos en casa, empecemos a predicar con el ejemplo y dejemos el smartphone en un segundo plano. Dediquemos ese tiempo a relacionarnos sin necesidad de tecnología.

La pregunta que debemos hacernos como sociedad es: ¿estamos decidiendo el futuro digital de nuestros hijos de forma consciente, o simplemente nos estamos dejando arrastrar por lo que hace el resto?.